domingo, 28 de abril de 2013

El señor de los gemidos



El hombre venia portando en su mano un puño,
Las aves volaban tan alto que ni siquiera el cielo las vio,
Y apuntando a sed de cuchillo, apostada a la cama la hirió,
Se removieron el suelo y el cielo y el asesino lo vio,
El viento sopló suavemente entre la ventana, indiferente,
Ella se levanto, y aunque no opuso resistencia, al infierno lo llevó.
 Y el quedo todo triste, la soledad le invadió.
Ella se había marchado, su alma se quebró;
Por demostrar inútil umbría el mismo se hirió
Y la muerte, cantando el emblema, su alma le dejó.
Y vagando por las calles de eternidad a un perdón escuchar,
Pero aunque Dios le haga perdonar, el no creerá, si de sus labios no saldrá

El dios bosco-capitalista



A la fe del árbol caído,
 Una copa se alza en soberbia,
De tres picos salidos,
Tres cuernos a mi fe conocido,
El bastón posando en regazo,
Manchando de gloria el estatus,
Asegurar oprimidos,
Mugid viejos bramidos,
Que del estatus os queda,
Ni triste olor a tierra,
Pues de los que lucháis,
La capacidad de aprender;
Derriba al cruel enemigo,
Este nació ya oprimido,
Solo ahógalo, un poco mas.
Y hoy con orgullo marcharas,
Sin pensar, que hoy,
Un gran hijo tendrás,
Y la huella quebrará,
Y mañana lo pagarán

El desierto etereo



A la cita del desierto, de los olvidos
Higuera centro casera, de esparto;
Yesca y pedernal centrifugando en el abismo,
Manglar de agua y aceite, de los perdidos.
Fría fogosa de carmín, jocosos jabalíes del desierto.
En cama de cristal y arreos de doncella, no por ser más bella, será de la real.
Dientes de acero que acechan en las nubes, oscuras tempestades sinonímicas.
Letrinas del deber son las que destruyen el ayer, que ambientan el hedor en una sola