domingo, 28 de abril de 2013

El señor de los gemidos



El hombre venia portando en su mano un puño,
Las aves volaban tan alto que ni siquiera el cielo las vio,
Y apuntando a sed de cuchillo, apostada a la cama la hirió,
Se removieron el suelo y el cielo y el asesino lo vio,
El viento sopló suavemente entre la ventana, indiferente,
Ella se levanto, y aunque no opuso resistencia, al infierno lo llevó.
 Y el quedo todo triste, la soledad le invadió.
Ella se había marchado, su alma se quebró;
Por demostrar inútil umbría el mismo se hirió
Y la muerte, cantando el emblema, su alma le dejó.
Y vagando por las calles de eternidad a un perdón escuchar,
Pero aunque Dios le haga perdonar, el no creerá, si de sus labios no saldrá

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